Conduzco kilómetros y kilómetros y al cabo de algunos minutos pierdo la noción de dónde estoy. Con la mirada perdida en el horizonte plano de la última curva, mi mente viaja más rápida que los hitos de la carretera.
Cuando el sueño empieza a vencer mi vigilia la realidad y los árboles del camino conforman un entorno onírico que puede llevarme tres salidas más allá de mi destino. Se convierte en un proceso cronológico confuso, donde el espacio tiempo convergen en una curva de asfalto.
A veces, sólo a veces, me da miedo conducir.
Otras, simplemente me gusta.